En este día, recordamos a tantas mujeres que, con valentía, han alzado la voz frente a la violencia, que han transformado el dolor en fuerza y la experiencia en compromiso. Su coraje nos inspira a todas y todos a construir un presente donde la dignidad y el respeto sean el centro de la vida en común.
Pero también miramos hacia el futuro: hacia ustedes, niñas y jóvenes, que crecen descubriendo cada día lo valiosas que son.
Un futuro donde puedan sentirse libres, respetadas y acompañadas en cada decisión que tomen sobre sus sueños y sus caminos, en cada espacio que se vuelve seguro para ustedes, en cada vínculo que les enseña que el amor jamás significa miedo, control o silencio.
Las niñas y adolescentes tienen derecho a crecer sin violencia y sin discriminación, a ser escuchadas, respetadas y valoradas por lo que son y pueden llegar a ser. Proteger ese derecho es una tarea de toda la sociedad: de las familias, las escuelas, las comunidades y las instituciones que acompañan sus vidas.
Eliminar la violencia contra las mujeres no es solo una causa de ellas: es una tarea colectiva, un compromiso de toda la sociedad. Porque solo cuando entendemos que el bienestar de una mujer es el bienestar de todas las personas, empezamos a construir una vida verdaderamente libre de violencias.
Y también es un acto de esperanza. Porque cada mujer que se levanta después del miedo, que vuelve a creer en sí misma, que aprende a confiar, a reír, a amar sin temor, nos muestra que la vida puede renacer incluso desde las heridas. En esa fuerza silenciosa y luminosa está la verdadera transformación: la posibilidad de volver a ser, de seguir siendo.

